Crónica de domingo por la noche
Cae la noche y junto con ella el peso de mundo sobre mi espalda. Ok, no, evidentemente, es una expresión hiperbólica, pero algo así se siente. Me duele el cuerpo y la mente y, si es que existe, quizás, eso que llamamos alma. Después de tanto trabajo conmigo misma, aún no sé identificar bien las emociones negativas que me embargan. tal vez, la sensación de soledad me duele, y es una picardía porque la vida me ha demostrado con creces que siempre que caigo, hay personas muy valiosas dispuestas a levantarme. Pero el tema es que ya no quiero caerme más, y tener alguien que me de la mano en esos momentos en que tropiezo, en que me siento tan cerca del suelo, estaría bien. y hablo de la sensación de soledad y no de la soledad en sí misma porque miro alrededor y sé que ahí están esas personitas bellas. Pero cómo escapar del sentimiento es mi lucha constante...sobre todo de los domingos por la noche.
No sé qué tienen los domingos, no sé qué trae el atardecer del último día de la semana, pero ya son varios los domingos que me deprimen. Podríamos caer ante la tentación facilista de echarle la culpa a la rutina. Yo no puedo, recién esta semana empiezo de nuevo con la actividad escolar, y me alegra volver a entrar al aula y reencontrarme con las risas y las quejas adolescentes. Debería estar feliz...y no lo estoy.
No sé muy bien qué es esto, supongo que estoy usando el blog como diario íntimo, y tiene sentido debido a la cantidad de lectores que lo visitan. Sin embargo, si alguien por casualidad decide entrar y leer este intento bastamte fallido de "crónica", le invito a reflexionar sobre esa distancia que existe entre lo que tenemos y lo que sentimos. Y no desde un lugar moralista que da nacimiento al conocido "otros/as están peor", "mirá todo lo que tenés y te quejás". Y sí, me quejo porque se me da la gana, me quejo porque sé que podría estar peor pero también podría estar mejor. Me quejo porque quiero y porque puedo. No hay nada más irritable que el hecho de que te muestren el dolor ajeno (siempre mayor que el tuyo, obvio) cuando una muestra su dolor. Que a otro le duela más no significa que a mí o que a vos nos duela menos.
Advertí al principio del párrafo anterior que escribía como en un diario íntimo y, como tal, me fui por las ramas. Decía que les invitaba a reflexionar sobre la distancia entre la realidad y el sentir. Me pregunto y les pregunto: ¿Por qué sucede que a pesar de estar rodeados de amor nos sintamos solos/as? ¿Por qué teniendo todo sentimos que algo falta? ¿Por qué es tan difícil unir la razón al sentimiento? Por ejemplo, sé que el tabaco es malo para la salud y no resuelve ningún problema, sin embargo salgo a fumar cada hora al menos una vez. Sé que soy amada, pero los celos nacidos de la inseguridad aparecen de vez en cuando. Sé que hago lo mejor como madre y como profesora, pero no puedo evitar sentirme una fracasada cada tanto.
Qué se yo...este escrito es nada y poco merecedor de ser leído...si les quité minutos de su tiempo, mis sinceras disculpas. Les aconsejo leer otras entradas, al menos creo, son menos malas.
Y si llegaron hasta acá porque en algo se identificaron, les deseo la unión de razón y sentimiento lo más que se pueda.
Besitos, y hasta la próxima.
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