Como abrazada al rencor de Hanna
Habitualmente, no me cuesta enfrentarme a la hoja en blanco. No soy de esas personas que escriben y borran muchas veces las palabras con las que comenzarán su texto, ni mucho menos que organice las ideas en un papel borrador previamente, como les enseño a mis estudiantes que es correcto hacerlo. Quizás sea porque ensayo una y mil veces cada palabra en mi mente y cuando el texto ya ha tomado su forma en mi cabeza me dispongo a materializarlo.
Este texto lo ensaye muchas veces en poco tiempo. Muchas veces imaginé, redacté, corregí, reformulé y repensé cada una de las cosas que quiero decir, incluso las verbalicé. Sin embargo, una vez decidida a escribirlo por fin, como un intento desesperado de que esas palabras abandonen mi cabeza cuando encuentren el papel (la obsesión por un único tema me mata), no tengo ni idea de cómo empezarlo.
Supongo que la mejor forma es, como dice mi mamá, por el principio.
Llevo mucho tiempo deseando, anhelando encontrar un libro que no pudiera dejar, que me encierre en su mundo y me haga vivir cada una de las sensaciones que experimenta el humano desde su aparición en la tierra por el simple hecho de ser humano. Experimenté esto por primera vez con la Saga de los Confines de Liliana Bodoc, luego fue Nuestra Señora de París, después El Extranjero y la última vez fue hace unos dos años, con Memorias de subsuelo. Es tan hermosa la sensación que producen esas lecturas que, por supuesto, no puede suceder más que unas pocas veces en la vida. Por otro lado, había abandonado también el hábito de la escritura. No porque me faltaran cosas para decir, sino porque o bien, las decía en otros espacios, o bien, no encontraba las palabras adecuadas para trasladarlas al papel. Podría también ser algo más simplista – quizás – y culpar al capitalismo, el estilo apresurado de vida, las dificultades económicas que me aprietan cada vez con más potencia y el hecho no menor de que nos gobierna un hijo de puta. Todos estos son factores que me arrancan las ganas y la capacidad del gozo tardío, ese que requiere esfuerzo, tiempo, fracasos… Sin duda, la razón más sincera es que, por tedio y negligencia, había dejado prácticamente de leer y escribir por placer.
Pero sucedió, como suceden los milagros, que me llegó un libro a las manos. La verdad, intuía que podía estar bueno y decía “ya lo voy a leer”. Dos meses después, enferma y aburrida, y ante la insistencia amiga, elegí tres libros para ojear a ver si me engancho con algo: Textos costeños I y II de Gabriel García Márquez, cuya edición está pensada para personas cuya vista privilegiada sobresale del común de los humanos, o bien acostumbran a leer con lupa; y Como abrazado a un rencor de un señor llamado José Niemetz, de mi pueblo, profesor mío. La tipografía ciertamente es muchísimo más amable para mis pobres ojos.
Es muy difícil encontrar las palabras para transmitir, para lograr que entiendan la forma en que este libro me encarceló durante dos días completos. Fueron dos días porque mis ojos no lo soportaron y tuve que cerrarlo y aguantar la intriga hasta el día siguiente. Ya veía borroso. Durante las aproximadas diez horas que me llevó la lectura, tuve ganas de conocer a su autor al menos unas cinco veces. Acto seguido, recordaba que ya lo conozco, que he conversado y aprendido de él.
Sucede, creo yo, que este libro me invita a dialogar como pocos lo han hecho. Me urge comentar mis impresiones, hablar de la increíble construcción del personaje de Perla, por ejemplo, a quién odié, compadecí, amé, sufrí. O de la exquisita forma en la que el realismo mágico se inmiscuye entre esas páginas tan crudas que pretenden, al menos, asemejarse a una novela histórica pero que te hace dudar tantas veces hasta donde llega la ficción. Y creo que ahí es donde radica la magia de esta novela. Los límites son borrosos y están tan desdibujados como se desdibujan los aromas de un puchero criollo: algún olfato entrenado podrá distinguir cada uno de los componentes de ese aroma pero el aroma es uno, y al mismo tiempo es muchos sin dejar de ser uno. (Se me ocurre que el que se inventó eso de la Trinidad podría haber estado oliendo un puchero). Pienso también en el vapor que se desprende de una olla junto con los aromas. ¿Quién puede delimitar el camino que elige ese humito que aparece y desaparece como si su existencia deambulara constantemente entre el ser y el no ser? Como el fuego, como el sudor de Hanna, como cualquier guiso de abuela, sentí en este libro cómo cada uno de sus detalles, hasta los más ínfimos componen un todo sin perder identidad.
Las sensaciones que me produjo esta novela se parecen mucho a primer orgasmo. Llegó de la nada, sin avisar que se asomaba y no tenía ni la más puta idea de que le pasaba a mi cuerpo a pesar de haber tenido sexo muchas veces. Entró dentro de mí y me poseyó con un estallido de placer inexplicable. Y es inexplicable porque la novela narra cómo miles de mujeres eran – son – violadas por 60 hombres al día, en manada, o de a uno, humilladas y vejadas o usadas cual muñeca inflable. No pareciera haber lugar para el placer pero una oleada de aromas a los tucos de mi vieja, a los sudores del amor, a las flores de la primavera y a mis propios orgasmos llegaban en el momento menos esperado y ahí me sentía encadenada a esas letras como esas putas al burdel donde habían construido su felicidad, una felicidad que convivía con la violación diaria y la esclavitud. Los límites son siempre difusos y la brutalidad, el placer, la morbosidad y algo parecido al amor se mezclan como se mezclan los olores de la comida y las oleadas de mierda de la cloaca que se rompió en la esquina. Todo eso, en un libro. Todas las sensaciones que conoció la humanidad desde que algún Adán y alguna Eva fueron conscientes de sí están traducidas en letras de una manera tan perfecta que puedo decir que por al menos un año me cagó la cabeza y sin embargo perdería la memoria para volver a leerlo por primera vez. ¹
No entiendo bien por qué – hace rato que ya no entiendo muchas cosas – siento la inminente necesidad de hacerle saber al autor lo que sus palabras produjeron en apenas una de sus lectoras y, de que alguien más, aunque solo sea una persona más, sienta lo que yo sentí. Me veo sin embargo en la obligación de advertir que los libros que me han conmovido hasta tal punto, o incluso más, a pesar de ser clásicos, no han causado la misma impresión en nadie que yo conozca que los haya leído. Soy plenamente consciente, y deben serlo las tres personas que lean este texto, que las sensaciones que quise transmitir en estas palabras y que, seguramente, lo hice con poco éxito, son plenamente subjetivas.
Empiezo a pensar ahora en un análisis un poco más objetivo (no tanto) del libro, no sin antes el beneplácito de su autor.
1. Ante la inminente crisis cognitiva de la sociedad, explicito el uso hiperbólico del lenguaje.

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